Thursday, September 28, 2006
Funesta manía de pensar
Reproduïm un article de "La Vanguardia" del dilluns 25 de setembre de 2006
ANTONI PUIGVERD
LAS MAYORES matanzas del siglo XX (el más bárbaro de la historia) derivan de la Razón mayúscula: el gulag y los campos nazis.
Ya que tanto nos preocupa la paz, ya que casi todos los que se atribuyen la recta vía interpretativa del progresismo acusan a Benedicto XVI de cultivar prejuicios, de fomentar el choque de civilizaciones, de expresarse con pueril incompetencia política y de falta de autocrítica, ya que tanto nos preocupan los gestos occidentales ante el mundo islámico, empecemos por el principio. Estaremos de acuerdo en que el mayor error de la política occidental contemporánea se ha producido en Iraq. La segunda invasión - lo estamos viendo- supera, para EE. UU., las repercusiones negativas de Vietnam. Por sus desalentadoras consecuencias directas (aumento del terrorismo y del desorden mundiales). Y también por sus derivadas indirectas: confirma el añejo sentimiento de humillación del mundo árabe en sus relaciones con el occidente cristiano. Pues bien, en este punto clave, el Vaticano ha sido el único poder occidental radicalmente comprometido con la paz. Karol Wojtyla no sólo trabajó denodadamente para evitar la segunda invasión de Iraq, sino que también se opuso a la primera, una guerra en la que colaboró, recordémoslo, toda la Europa democrática, empezando por la España que presidía el modernizador y laico Felipe González. Es chocante leer estos días artículos hinchados de superioridad moral. Sacando de contexto una cita erudita, se recuerdan los tópicos más sudados sobre las cruzadas y demás errores del catolicismo de Estado. Pero se olvidan los muchos errores que con los árabes ha cometido la clase política española y europea contemporánea. Y se silencian todas las referencias a los errores perpetrados durante los siglos XIX y XX por los países coloniales de tinte liberal, socialdemócrata, conservador o comunista. Acabo de leer un libro que recomiendo vivamente (Tormenta en Oriente Próximo,de Milton Viorst, Ed. Debate), sobre el choque entre el oriente musulmán y el occidente cristiano. Algunos capítulos son francamente deprimentes para un hijo de la tradición democrática europea. Relatan las obscenas trampas que los gobiernos ingleses y franceses tejieron alrededor de 1914 en la zona del Creciente Fértil: estimularon, primero, y después traicionaron, el nacionalismo árabe del jerife Husayn mientras hundían el decadente imperio turco y se quedaban con sus despojos. Según Milton Viorst, en aquellos años el naciente nacionalismo árabe incluso se mostraba abierto al que iba a ser el otro gran factor de conflicto: "Husayn comunicó en repetidas ocasiones su voluntad de aceptar una patria judía dentro de la nación árabe (...) pidiendo a los árabes de Palestina que recibieran a los judíos con los brazos abiertos". Es deprimente constatar que el irresoluble y trágico nudo gordiano de Oriente Próximo podía haber tenido una mejor evolución histórica si las potencias europeas, en lugar de trabajar con miope perspectiva egoísta, hubieran sido fieles a los valores liberales que encarnaban. No se trata de culpabilizar a los europeos de hoy de los errores de sus antepasados. Pero, habida cuenta de que la muy meditada conferencia del Papa ha provocado entre nosotros tantas bromas y pomposas condenas, uno tiene la obligación intelectual de preguntarse: ¿de qué irrefutable mina ideológica procede toda esta galería crítica? ¿Sobre qué superioridad moral se alimenta? No existe una sola corriente ideológica que no tenga muertos en el armario. La revolución de los derechos humanos se impuso gracias al invento de Mr. Guillotin. Y las mayores matanzas del siglo XX (el más bárbaro de la historia) derivan de la Razón mayúscula: el gulag soviético y los campos de exterminio nazi. Comunismo y nazismo fueron ideologías totalitarias que pretendían construir un hombre nuevo a partir de visiones abstractas. Las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki redondean el cuadro trágico del siglo XX: matanzas colosales en nombre de la libertad. "Las religiones - dice un tópico mil veces repetido estos días- han dejado un rastro de muerte superior al de las patrias". Los que repiten el tópico olvidan los impensables monstruos que la razón soñó en el siglo XX. Ninguna ideología está libre de culpa. Por esto es conveniente distanciarse de todo fundamentalismo. Por eso era tan interesante la conferencia de Benedicto XVI en Ratisbona, en la que reafirmó con extrema sutilidad la alianza entre Fe y Razón. En lugar de ser saludado, cuando menos, como un elevado contertulio intelectual, Ratzinger ha recibido más palos retóricos entre nosotros que los fanáticos que asesinan monjas, queman iglesias y amenazan la libertad de expresión. Ratzinger levantó la bandera de la complejidad, pero los supuestamente ilustrados le censuran por no constreñir su discurso a lo políticamente correcto. En lugar de defenderle por tener la valentía, siendo un líder religioso, de razonar como un pensador, le acusan de ser un mal político. Los partidarios de los valores ilustrados deberían haber sentido, cuando menos, curiosidad por los planteamientos de un conferenciante que cuestionaba no solamente los límites de la Fe, sino también los de la Razón. El siglo XX puso en evidencia estos límites y la realidad los cuestiona cada día, pero los sacristanes del progresismo, en lugar de aceptar el reto de Ratzinger, se sirven de las viejas armas anticlericales: descalifican al adversario, le cargan todas las culpas de la historia y se divierten un rato a costa de su funesta manía de pensar.
ANTONI PUIGVERD
LAS MAYORES matanzas del siglo XX (el más bárbaro de la historia) derivan de la Razón mayúscula: el gulag y los campos nazis.
Ya que tanto nos preocupa la paz, ya que casi todos los que se atribuyen la recta vía interpretativa del progresismo acusan a Benedicto XVI de cultivar prejuicios, de fomentar el choque de civilizaciones, de expresarse con pueril incompetencia política y de falta de autocrítica, ya que tanto nos preocupan los gestos occidentales ante el mundo islámico, empecemos por el principio. Estaremos de acuerdo en que el mayor error de la política occidental contemporánea se ha producido en Iraq. La segunda invasión - lo estamos viendo- supera, para EE. UU., las repercusiones negativas de Vietnam. Por sus desalentadoras consecuencias directas (aumento del terrorismo y del desorden mundiales). Y también por sus derivadas indirectas: confirma el añejo sentimiento de humillación del mundo árabe en sus relaciones con el occidente cristiano. Pues bien, en este punto clave, el Vaticano ha sido el único poder occidental radicalmente comprometido con la paz. Karol Wojtyla no sólo trabajó denodadamente para evitar la segunda invasión de Iraq, sino que también se opuso a la primera, una guerra en la que colaboró, recordémoslo, toda la Europa democrática, empezando por la España que presidía el modernizador y laico Felipe González. Es chocante leer estos días artículos hinchados de superioridad moral. Sacando de contexto una cita erudita, se recuerdan los tópicos más sudados sobre las cruzadas y demás errores del catolicismo de Estado. Pero se olvidan los muchos errores que con los árabes ha cometido la clase política española y europea contemporánea. Y se silencian todas las referencias a los errores perpetrados durante los siglos XIX y XX por los países coloniales de tinte liberal, socialdemócrata, conservador o comunista. Acabo de leer un libro que recomiendo vivamente (Tormenta en Oriente Próximo,de Milton Viorst, Ed. Debate), sobre el choque entre el oriente musulmán y el occidente cristiano. Algunos capítulos son francamente deprimentes para un hijo de la tradición democrática europea. Relatan las obscenas trampas que los gobiernos ingleses y franceses tejieron alrededor de 1914 en la zona del Creciente Fértil: estimularon, primero, y después traicionaron, el nacionalismo árabe del jerife Husayn mientras hundían el decadente imperio turco y se quedaban con sus despojos. Según Milton Viorst, en aquellos años el naciente nacionalismo árabe incluso se mostraba abierto al que iba a ser el otro gran factor de conflicto: "Husayn comunicó en repetidas ocasiones su voluntad de aceptar una patria judía dentro de la nación árabe (...) pidiendo a los árabes de Palestina que recibieran a los judíos con los brazos abiertos". Es deprimente constatar que el irresoluble y trágico nudo gordiano de Oriente Próximo podía haber tenido una mejor evolución histórica si las potencias europeas, en lugar de trabajar con miope perspectiva egoísta, hubieran sido fieles a los valores liberales que encarnaban. No se trata de culpabilizar a los europeos de hoy de los errores de sus antepasados. Pero, habida cuenta de que la muy meditada conferencia del Papa ha provocado entre nosotros tantas bromas y pomposas condenas, uno tiene la obligación intelectual de preguntarse: ¿de qué irrefutable mina ideológica procede toda esta galería crítica? ¿Sobre qué superioridad moral se alimenta? No existe una sola corriente ideológica que no tenga muertos en el armario. La revolución de los derechos humanos se impuso gracias al invento de Mr. Guillotin. Y las mayores matanzas del siglo XX (el más bárbaro de la historia) derivan de la Razón mayúscula: el gulag soviético y los campos de exterminio nazi. Comunismo y nazismo fueron ideologías totalitarias que pretendían construir un hombre nuevo a partir de visiones abstractas. Las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki redondean el cuadro trágico del siglo XX: matanzas colosales en nombre de la libertad. "Las religiones - dice un tópico mil veces repetido estos días- han dejado un rastro de muerte superior al de las patrias". Los que repiten el tópico olvidan los impensables monstruos que la razón soñó en el siglo XX. Ninguna ideología está libre de culpa. Por esto es conveniente distanciarse de todo fundamentalismo. Por eso era tan interesante la conferencia de Benedicto XVI en Ratisbona, en la que reafirmó con extrema sutilidad la alianza entre Fe y Razón. En lugar de ser saludado, cuando menos, como un elevado contertulio intelectual, Ratzinger ha recibido más palos retóricos entre nosotros que los fanáticos que asesinan monjas, queman iglesias y amenazan la libertad de expresión. Ratzinger levantó la bandera de la complejidad, pero los supuestamente ilustrados le censuran por no constreñir su discurso a lo políticamente correcto. En lugar de defenderle por tener la valentía, siendo un líder religioso, de razonar como un pensador, le acusan de ser un mal político. Los partidarios de los valores ilustrados deberían haber sentido, cuando menos, curiosidad por los planteamientos de un conferenciante que cuestionaba no solamente los límites de la Fe, sino también los de la Razón. El siglo XX puso en evidencia estos límites y la realidad los cuestiona cada día, pero los sacristanes del progresismo, en lugar de aceptar el reto de Ratzinger, se sirven de las viejas armas anticlericales: descalifican al adversario, le cargan todas las culpas de la historia y se divierten un rato a costa de su funesta manía de pensar.